Beatriz, la Monja de Luna — Catedral Basílica de Durango
Imagen: descubro.mx
Amor y MisterioSiglo XIX · Intervención Francesa

Beatriz,
la Monja de Luna

Narrada por el Profesor Manuel Lozoya Cigarroa

Se cuenta que existió en la ciudad de Durango una familia cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, originarios de Topia, población minera enclavada en el corazón de la Sierra de Durango. El padre se había dedicado a la minería; ella, prototipo de la mujer hogareña. La vida había pasado dando atención especial a Beatriz, única hija del matrimonio.

Beatriz era una hermosa chiquilla de piel blanca, ligeramente tostada por el sol de la sierra, cabello rubio y largo, ojos azules, boca pequeña con labios finos y rojos, robusta y de estatura alta bien proporcionada. Como era la única hija y los padres tenían con qué hacerlo, pensaron en darle una buena educación. Movidos por ese imperativo, la familia se trasladó a la ciudad de Durango, estableciéndose en una casa de la calle del Pendiente, muy cerca del templo de la catedral donde habría de inmortalizarse para siempre Beatriz, en la leyenda de la Monja de Luna de la Catedral de Durango.

Era la década de los años cincuenta del siglo XIX cuando la joven determinó ingresar a un convento de religiosas. Sus padres que la amaban tanto aprobaron de inmediato la idea, considerando que preferían verla casada con Cristo que con un mortal cualquiera. Beatriz se fue al convento; su padre, además de pagar una fuerte cantidad de dinero por la dote correspondiente, donó su fortuna al monasterio donde había ingresado su hija.

Eran aquellos años turbulentos de las luchas entre liberales y conservadores. Juárez, en desesperado esfuerzo por liberar a su pueblo de la opresión, promulgó las Leyes de Reforma y se reformó la Constitución. El clero, al sentir sus intereses afectados, cerró algunos conventos e instituciones de carácter religioso, entre ellos el convento en que se encontraba Beatriz. La monja regresó a su casa encontrándose con la desagradable sorpresa de que su madre había muerto y su padre se encontraba muy enfermo.

A Beatriz, al retirarla, no le regresaron ni la dote ni la fortuna que su padre había donado cuando su ingreso. Las reservas económicas de la familia se habían agotado. El viejo murió y tuvo que hipotecar la casa para enterrarlo, poniendo en riesgo su único patrimonio. Beatriz se quedó envuelta en terrible soledad, protegida por su fe y sostenida con la esperanza de volver pronto a su vida monacal. Toda su ocupación consistía en salir en la mañana a misa y en la tarde al rosario a la iglesia más cercana, que era la catedral.

Mientras la vida de esta mujer se deslizaba en perezosa rutina, las tropas francesas del Imperio, mandadas por el general L'Heriller, entraban en Durango sin resistencia. A los varones, principalmente jóvenes de la ciudad, nunca les cayó bien lo que veían. Odiaban a los franceses por ser invasores, y si la ciudad no había puesto resistencia no fue por falta de valor, sino por falta de recursos para organizar la defensa. Este odio daba a los mexicanos razón para asesinar a un francés cuando se presentaba la oportunidad.

Así sucedió que una noche oscura y lluviosa del mes de agosto de 1866 se encontraban en una calle un joven mexicano que trataba de entrevistarse con su novia y un joven oficial francés de nombre Fernando que intentaba cortejar a la misma dama. No hubo diálogo entre ellos; el duranguense, puñal en mano, se lanzó contra el intruso y le asestó dos o tres puñaladas. Fernando, al sentirse herido, huyó. Consciente de que si lo alcanzaba su rival no lo dejaba vivo, tocó en la primera puerta que encontró: era la casa de Beatriz.

La muchacha al oír los toques fuertes y desesperados intuyó que su auxilio era de vida o muerte. Abrió la puerta; el francés mal herido entró y cayó sangrante y desmayado en el suelo del zaguán. La monja cerró, puso violentamente el aldabón y se quedó perpleja. Por fin se le pasó el susto, le limpió la sangre de la cabeza al herido y le aplicó unos lienzos de agua fría que lo hicieron volver en sí. Cuando el militar tomó unos sorbos de agua fresca, Beatriz abrió la puerta del zaguán y le pidió que abandonara la casa de inmediato.

Fernando le suplicó que le permitiera pasar esa noche allí para salvar su vida. Ante la alternativa de la vida y la muerte, cerró la puerta con brusquedad y, sacando un corto espadín, se lo puso en el pecho diciéndole: «Si haces escándalo, te mato.» La monja prefirió callar y esperar el resultado de las cosas. Después de un buen rato de silencio entre los dos, él le platicó todo y le imploró su ayuda, entregándole un buen puño de monedas de oro. Por fin, Fernando se quedó escondido en casa de Beatriz.

Ella lo curó y lo atendió con esmero. Los dos eran jóvenes, más o menos de la misma edad, bien parecidos. Se enamoraron profundamente uno del otro; sintiendo Beatriz que había encontrado al hombre de su vida, se entregó en cuerpo y alma a él. Los dos vivieron momentos de excelsa felicidad, de esos que son escasos en el vivir de los seres humanos pero que, cuando se presentan, deben vivirse con plenitud.

Las cosas cambiaron. Napoleón ordenó el retiro de las fuerzas francesas del suelo mexicano; el ejército francés, sin saberlo Fernando, abandonó la ciudad de Durango. Al conocer esto el militar del relato, intuyó que sus días estaban contados; tarde o temprano sería descubierto y terminaría en el paredón. Era urgente salir de Durango. La monja le consiguió un caballo ensillado, le prestó bastimento, y una noche del mes de noviembre de 1866 el oficial francés salió sigilosamente de la ciudad. Beatriz lo encaminó hasta la salida donde terminaba el barrio de Analco, camino al Puerto de Mazatlán.

La despedida fue dolorosa como son todas las despedidas de dos seres que se quieren. Las lágrimas de la pareja humedecieron aquella noche novembrina; se apretaron fuertemente en un abrazo desesperado, se dieron un beso prolongado. Ella se quitó una medalla de oro que llevaba en su pecho y, colgándosela a él, dijo: «Para que te cuide.» Fernando montó en su corcel y se perdió en la lejanía y el silencio de la noche.

Fernando no conocía el camino que podría conducirlo al Puerto de Mazatlán. Cuando se alejó de su amada y se sintió solo ante aquel espléndido panorama nocturno, contempló las estrellas y lloró a torrentes. Se sintió el hombre más desgraciado de la tierra: sin patria, sin familia, sin dinero, sin conocimiento del terreno, sin compañeros, y con el tremendo estigma de llevar el uniforme de un ejército invasor que se batía en retirada.

Sintió que su vida estaba contada en horas y se arrepintió terriblemente de no haberse quedado con Beatriz. La fuerza del amor había triunfado: torció la rienda a su caballo para emprender el camino de regreso, en el preciso momento en que la avanzada de una guerrilla juarista que tenía su cuartel en la vieja Hacienda de Tapias le marcaba el «quién vive». Fernando le prendió las espuelas al caballo y salió disparado como un rayo. No avanzó mucho: una descarga de fusilería rompió el silencio de aquella madrugada y el cuerpo de Fernando rodó sin vida por el suelo.

Después de revisarlo y registrar sus bolsillos, no encontraron identificación alguna. En un morral de cuero sólo había un guaje con agua, unas gordas que contenían frijoles molidos enchilados y unos panecillos de harina envueltos en una servilleta bordada a mano. Aquel soldado no traía nada de importancia. Sólo colgaba de su pecho una pequeña medalla de oro con la imagen de la Purísima Concepción y un nombre grabado por el dorso que decía: Beatriz.

Beatriz no supo nada de esto. Tal vez si lo hubiera sabido se muere de angustia. Ella vivía porque era de Fernando y se conservaba para él; consideraba que el regreso de su amado era cuestión de días, o cuando mucho de meses. En su casa volvió a la vida de soledad y rutina: ir a misa en la mañana, al rosario en la tarde, y bordar y tejer para confeccionar los paños sagrados de la iglesia.

La castigaba el saber que ya era madre, que en su vientre latía una vida producto de su amor con Fernando; que la hipoteca de la casa estaba por vencerse y no tenía dinero; que si abrían de nuevo el convento no podría regresar. Esas y otras muchas reflexiones hacía Beatriz todos los días y todas las noches. Al fin el desgaste de energía por el llanto y la preocupación terminaba por dormiría.

Así pasó un mes y así pasaron tres meses sin tener noticias de su amado. La confortaba la idea de que él no le escribía porque estaba próximo su regreso. Tanto era su fe que la idea del regreso de Fernando se convirtió en obsesión, y todos los días de plenilunio, cuando Beatriz iba al rosario de la tarde, se escondía tras un confesionario de la catedral para luego, que cerraban la puerta, subir por la escalera de caracol al campanario. Porque lo alto de la torre le permitía dominar mayor distancia en el horizonte, para contemplar la inmensidad hacia el occidente por donde tenía que aparecer su amado.

Todos los días, todas las tardes y todas las noches, Beatriz trepaba a lo alto de la torre izquierda de la catedral a hurgar en el horizonte esperando el retorno de Fernando. Por fin, cuando el niño de Beatriz estaba por nacer, una mañana del mes de abril, a las primeras luces del alba, cuando el sacristán del templo abría la puerta mayor de la iglesia, vio tirado sobre el atrio enlozado de la catedral el cuerpo de una mujer que, con los brazos abiertos sobre el suelo, yacía muerta, estampada en el piso al desplomarse de lo alto de la torre. Nunca se supo si fue suicidio por la desesperación y el desengaño, o si fue un accidente producto del agotamiento y el desvelo. La realidad: Beatriz murió por la caída de más de treinta metros de altura, cuando a su hijo le faltaban unos días para nacer. Y desde entonces, todas las noches del plenilunio se ve la silueta de una monja vestida de blanco que en el campanario de la torre izquierda de la catedral de Durango, de rodillas, contempla el occidente implorando por el retorno de su amado.

Leyenda recogida de la tradición oral de Durango.
Narrada por el Profesor Manuel Lozoya Cigarroa.