La Cueva del Obispo — Catedral Basílica de Durango
Imagen: Viva Durango / Facebook
Historia y FeSiglo XIX · 1857 – 1863

La Cueva
del Obispo

Narrada por el Profesor Manuel Lozoya Cigarroa

En las estribaciones de la Sierra Madre Occidental que algunos geógrafos denominan Sierra de Cacaria, exactamente en el Arroyo de las Moras, en el municipio de Canatlán, se encuentra una pequeña cueva a la que los lugareños llaman La Cueva del Obispo, por haber sido el refugio por más de dos años del Ilustrísimo señor Obispo don José Antonio López de Zubiría y Escalante, responsable y pastor de la diócesis de Durango de 1831 a 1863.

Al decir de historias, tradiciones y consejas, el gobierno eclesiástico del señor don José Antonio fue uno de los más largos y al mismo tiempo discutido, por la situación política que vivió. Sus biógrafos coinciden en que fue un hombre de gran carácter y mucha personalidad, cualidades que contrastaron con su mansedumbre, bondad, espíritu caritativo y disposición de servirle a todo aquel que necesitaba de sus servicios.

Se dice que en alguna ocasión, como a las nueve de la noche, llegó una persona al obispado a solicitar los servicios de su Señoría para que fuera a confesar a un moribundo. La persona que recibió la solicitud disculpó al señor Obispo, manifestando que éste se encontraba muy fatigado y ya estaba descansando, recomendando que solicitaran el servicio a cualquier otra parroquia. Después de un buen lapso de tiempo, tocaron la puerta del Obispado y el portero se sorprendió al ver entrar a su Señoría, que había ido a prestar el servicio de confesión que le solicitaban. Nadie le había dado el recado, ni tampoco lo vieron salir, pero él cumplió escuchando aquella confesión.

En otra ocasión, un par de delincuentes planearon secuestrar al señor Obispo para exigirle una fuerte suma de dinero y resolver así la apremiante situación económica que los angustiaba. El plan consistía en que uno fingiría encontrarse gravemente enfermo y, al acercarse el Obispo a su lecho, lo amenazaría con un puñal; el otro evitaría la fuga del prelado cuidando la puerta del cuarto. Se había previsto que el Obispo de ninguna manera saldría con vida de la aventura.

Al obscurecer llegó un coche elegante a la puerta del Obispado, solicitando al señor Obispo para una confesión urgente. El cochero manifestó que el enfermo que agonizaba necesitaba hacer una importante revelación a su Señoría, por lo que necesitaba asistir él en persona sin ser acompañado de nadie. Su Ilustrísima abordó el coche y se dispuso a cumplir con su ministerio.

La noche era oscura, la ciudad estaba en tinieblas y el aullido de los perros y canto de los tecolotes hacían de aquel momento el marco de terror necesario para un fatal acontecimiento. Después de mucho caminar por calles y callejones, el coche se detuvo en una casa de mala muerte. El prelado no vaciló; con paso firme y actitud apostólica penetró al zaguán y, guiados por la llama mortecina de una vela, llegaron al cuarto del enfermo. Al mirarlo, dijo el obispo a su acompañante: «Llegamos tarde, el enfermo ya expiró.»

Al destapar la sábana que lo cubría, advirtieron que aquel muerto tenía en la mano derecha un filoso puñal, listo para clavárselo en el pecho al Obispo visitante. El elegante cochero, aterrorizado por lo que había ocurrido, confesó al ilustre visitante todo el plan elaborado. Al escuchar la confesión, don José Antonio nada reprochó al confesante. Sacó un puño de monedas de oro de su bolsillo, se las dio al pobre hombre, lo bendijo y le ordenó que amortajara al difunto. El Obispo se perdió a paso lento en la oscuridad de la noche, y con nadie comentó lo ocurrido.

Le tocó a este ilustre personaje enfrentar la tormentosa época de las Leyes de Reforma. El señor Obispo de la diócesis de Durango no reconoció la Constitución Política de México promulgada el día 5 de febrero de 1857, situación que le ocasionó una terrible persecución que lo hizo retirarse de su obispado para esconderse en la Hacienda de Cacaria. Pronto el Gobierno detectó el lugar donde se ocultaba su Señoría; sin embargo, esa misma tarde apareció su Ilustrísima en la Hacienda de Cacaria, sin que el candado de la bodega hubiera sido abierto.

El ilustre personaje, don José Antonio López de Zubiría y Escalante, murió en la Hacienda de Cacaria el día 26 de noviembre de 1863. Sus restos fueron trasladados a las criptas de la Catedral de Durango el 1 de diciembre de 1864. La Cueva del Obispo, escondida en el Arroyo de las Moras de la Sierra de Cacaria, conserva aún el altar y la cruz de madera donde el señor Obispo oficiaba misa hace más de un siglo. Los lugareños conservan la tradición de mandar celebrar una misa cada año, el día 25 de octubre, fecha en que el lugar es muy concurrido. Las consejas de la tradición oral aseguran que en algún lugar de la pequeña cueva se encuentran sepultados un cáliz, una custodia y un crucifijo, todos de oro puro con incrustaciones de piedras preciosas, ornamentos de la Catedral de Durango que llevó el Obispo en su destierro.

Leyenda recogida de la tradición oral de Durango.
Narrada por el Profesor Manuel Lozoya Cigarroa.